Esta edición de

EN VENECIA

de

George Sand,

Charles Edmond Chojecki

Eugénie Foa

Jean Lorrain y

Henri De Régnier

se terminó de

imprimir y encuadernar

el 7 de enero de 2014,

aniversario del Congreso de Reggio,

en que se consagra la enseña

tricolor italiana con las tonalidades

verde, blanco y rojo,

como insignia de la República Cispadana

(estado satélite de la República Francesa)

en 1797

En Venecia

Primera Edición en SLOPER:

noviembre de 2015

Imagen de portada: © Juan José Delgado

Logotipo de La Noche Polar: Álex Fito

Logotipo de Sloper: Max

En Venecia E-book

© de la traducción, Juan José Delgado

© Sloper, S. L.

C/ Victoria, 2, 3º C

07001 Palma de Mallorca

www.editorialsloper.es

Depósito Legal: PM 50-2014

ISBN: 978-84-943380-7-6

EN VENECIA

George Sand

Charles Edmond Chojecki

Eugénie Foa

Jean Lorrain

Henri De Régnier

Edición, traducción y notasde Juan José Delgado Gelabert

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35/Relatos

Para María,
y la Navidad de 1988
en Venecia

Los malvados ejemplos de la literatura y el hechizo de Venecia son responsables de los actos más locos.

Michel Mohrt

Venecia

Venecia fue fundada el 25 de marzo de 421 a las 12’00, aniversario de la Anunciación a María; una ciudad que nacía con tal signo no podía ser más que una ciudad milagrosa. Y un milagro es precisamente el que parece sostener tanta belleza en medio de una laguna salada alimentada por el mar Adriático que se cuela por los pasos de Lido, Malamocco y Chioggia y que en ciertos días de invierno penetra hasta el mismísimo interior de la Basílica de San Marcos para corroer y pudrir sus cimientos.

Heredera singular de Roma, sus habitantes le imprimieron un carácter que la convirtió en un unicum como denominan los coleccionistas a esa pieza de la que saben que no existe más que un ejemplar o que únicamente sobrevive uno o que tiene una historia muy particular. ¿Acaso existe otra ciudad como Venecia? ¿No es San Petersburgo la Venecia del Báltico? ¿Acaso no son Amsterdam, Brujas, Estocolmo, Copenhague, Hamburgo, otras tantas Venecias del norte? ¿Martigues la Venecia provenzal; Aveiro, la portuguesa; Ampuriabrava, la española o catalana; Nan Madol la Venecia del Pacífico? Adonde quiera que uno vaya es fácil encontrar Venecias o ciudades inspiradas en ella: se dice que el nombre de Venezuela se debe a que unas construcciones sobre pilotes de madera recordaron a Vespucio la ciudad de los canales; en 1996 en Las Vegas, Nevada, construyeron The Venetian Resort Hotel Casino, un enorme hotel de lujo que reproduce los edificios más emblemáticos de Venecia y pasea a sus huéspedes en una góndola a motor por el canal que surca el centro comercial de la segunda planta…

Pero solamente una Venecia es capaz de levantar las pasiones de un unicum, su hechizo, el veneno de su particular configuración, su gloriosa historia, su hermoso arte, te atrapa en cuanto pisas las losas de la Piazza; luego, están los malvados ejemplos de la literatura, esas historias que parecen no haber podido suceder en otro lugar que no sea este, que llenan las páginas de muchos escritores que le dedicaron parte de su obra si no de su vida.

J.J.D.G.

George Sand

Amandine Aurore Lucile Dupin (París 1804 – Nohant 1876), más tarde baronesa Dudevant y conocida como escritora con el seudónimo de George Sand, se enamoró en julio de 1833 al poeta Alfred de Musset y juntos escaparon a Venecia. La relación entre los dos escritores, llena de rupturas y reconciliaciones, fue objeto de los comentarios de todo París, hasta el punto de establecerse dos bandos opuestos, partidarios de uno u otro, sandistas y musetistas, que debatían acerca de la infidelidad de ella con el médico veneciano Pietro Pagello, si hubo o no traición, o si ya habían acabado con su relación antes de la intervención del galeno. Este episodio de la pareja, que acabó definitivamente en marzo de 1835, fue el que suscitó más polémica entre los comentaristas y el que llevó a designarlos como «los amantes de Venecia».

La ciudad italiana inspiró a George Sand su novela Consuelo (1843) y el relato El orco (1838) en el que una misteriosa mujer enmascarada será el cicerone de un oficial austriaco por el que sentirá un afecto doloroso y definitivo.


El orco

Como de costumbre estábamos reunidos bajo el emparrado. La noche estaba tormentosa, con el aire pesado y el cielo cargado de nubes negras surcadas por frecuentes relámpagos. Guardábamos un silencio melancólico. Parecía que la tristeza de la atmósfera había alcanzado nuestros corazones e involuntariamente nos sentíamos dispuestos a las lágrimas. Beppa sobre todo parecía abandonada a pensamientos dolorosos. En vano el abate, que se asustaba de la aptitud de la asamblea, repetidas veces y de todas las maneras había intentado despertar la alegría de nuestra amiga de ordinario muy viva. Ni preguntas, ni burlas, ni ruegos habían podido sacarla de su ensoñación; con la mirada fija en el cielo, paseando sus dedos al azar por las temblorosas cuerdas de su guitarra, parecía haber perdido la noción de lo que pasaba a su alrededor y ya no inquietarse de otra cosa sino de los quejumbrosos sonidos que sacaba de su instrumento y de la caprichosa carrera de las nubes. El bueno de Panorio, desanimado por el éxito infructuoso de sus tentativas, tomó la decisión de dirigirse a mí.

—¡Vamos, querido Zorzi! —me dijo—, intenta a tu vez el poder de tu amistad sobre la bella caprichosa. Entre vosotros dos existe una especie de simpatía magnética más fuerte que todos mis razonamientos y el sonido de tu voz consigue sa-carla de sus distracciones más profundas.

—Esta simpatía magnética de la que me hablas, querido abate —respondí—, proviene de la identidad de nuestros sentimientos. Hemos sufrido del mismo modo y pensado las mismas cosas, nos conocemos bastante, ella y yo, para saber qué orden de ideas nos recuerdan las circunstancias exteriores. Os apuesto que adivino si no el objeto, por lo menos la naturaleza de su ensoñación.

Y girándome hacia Beppa suavemente le dije:

Carissima, ¿en cuál de nuestras hermanas piensas?

—En la más bella —me respondió sin vol-verse—, en la más orgullosa, en la más desgraciada.

—¿Cuándo ha muerto? —proseguí interesán-dome ya por la que vivía en el recuerdo de mi noble amiga y deseando por mis penas asociarme a un destino que no podía serme extraño.

—Murió a finales del invierno pasado, la noche del baile de máscaras que se celebró en el Palacio Servilio. Había resistido muchos desconsuelos, había salido victoriosa de muchos peligros, había atravesado, sin sucumbir, terribles agonías y murió de repente sin dejar rastro, como si hubiera sido fulminada por un rayo. Aquí todo el mundo la conoció más o menos, pero nadie tanto como yo, porque nadie la ha querido tanto y porque ella se daba a conocer según cómo se la quería. Los demás no creen en su muerte, aunque no haya reaparecido después de la noche de la que te hablo. Dicen que le ha ocurrido muy a menudo desaparecer así durante mucho tiempo y regresar luego. Pero yo sé que ya no volverá y que su protagonismo en la tierra ha terminado. Querríadudar de ello pero no podría; se preocupó de hacerme saber la fatal verdad por aquel mismo que ha sido la causa de su muerte. ¡Qué desgracia, Dios mío! ¡La mayor desgracia de esta época desdichada! ¡La suya era una vida tan bella! ¡Tan bella y llena de contrastes, tan misteriosa, brillante, triste, magnífica, entusiasta, austera, voluptuosa, completa en su parecido con todas las cosas humanas! No, ninguna vida ni muerte han sido iguales a esta. Había encontrado el medio, en este siglo prosaico, de suprimir de su existencia todas las realidades mezquinas y solamente dejar la poesía. Fiel a las viejas costumbres de la aristocracia nacional, solamente se dejaba ver tras la caída del día, enmascarada, pero sin hacerse seguir jamás por nadie. No hay un habitante de la ciudad que no la haya encontrado errante por plazas o calles, ni uno que no haya distinguido su góndola amarrada en algún canal; pero ninguno la ha visto nunca salir o entrar en ella. Aunque esa góndola no fuera guardada por nadie, nunca se ha oído decir que hubiera sido el objeto de alguna tentativa de robo. Estaba pintada y equipada como todas las otras góndolas, no obstante todo el mundo la conocía; incluso los niños decían al verla: «Aquí está la góndola de la máscara.» En cuanto a la manera de desplazarse y al lugar donde llevaba por la noche y traía por la mañana a su dueña, nadie lo podía ni sospe-char. Los aduaneros guardacostas habían visto a menudo deslizarse una sombra negra por las lagunas y, tomándola por una barca de contrabandistas, le habían dado caza hasta en alta mar; pero, de mañana, nunca habían distinguido sobre las olas nada que se pareciera al objeto de su persecución y, a la larga, habían tomado la costumbre de no inquietarse más por ello, al volver a verla, se contentaban con decir: «Aquí está otra vez la góndola de la máscara.» Por la noche la máscara recorría la ciudad entera, buscando no se sabe qué. Se la veía alternativamente en las plazas más grandes y en las calles más tortuosas, sobre los puentes y bajo las bóvedas de los grandes palacios, en los lugares más frecuentados o en los más desiertos. Unas veces iba con lentitud, otras de prisa, sin parecer inquietarse por la multitud o la soledad, pero nunca se detenía. Parecía contemplar con una apasionada curiosidad las casas, los monumentos, los canales y hasta el cielo de la ciudad y saborear con felicidad el aire que circulaba por ella. Cuando encontraba a una persona amiga, le hacía señas para que la siguiera y desaparecía pronto con ella. Más de una vez me llevó así desde el seno de la multitud a cualquier lugar desierto y conversó conmigo de las cosas que nos gustaban. Yo la seguía con confianza, porque sabía que éramos amigas; pero muchos a quienes les hacía señas no se atrevían a aceptar su invitación. Extrañas historias circulaban a su costa y helaban el coraje de los más intrépidos. Se decía que muchos jóvenes, creyendo adivinar a una mujer bajo esa máscara y ese ropaje negro, se habían enamorado de ella, tanto a causa de la singularidad y el misterio de su vida como por sus bellas formas y su noble apariencia y habiendo tenido la imprudencia de seguirla, nunca habían reaparecido. La policía incluso, habiendo reparado en que esos jóvenes eran todos austriacos, había puesto en juego todas sus tácticas para encontrarlos y para apoderarse de la que se acusabade su desaparición. Pero los esbirros no habían sido más afortunados que los aduaneros y nunca se pudo saber ninguna noticia de los jóvenes extranjeros, ni echar la mano sobre ella. Una extravagante aventura había desalentado a los más ardientes sabuesos de la inquisición vienesa. Viendo que en Venecia era imposible atrapar a la máscara por la noche, dos de los más diligentes alguaciles decidieron esperarla en su misma góndola a fin de atraparla cuando volviera a ella para alejarse. Una noche que la vieron amarrada en el muelle de los Esclavones, se metieron dentro y se escondieron. Permanecieron allí toda la noche sin ver ni oír a nadie; pero, aproximadamente una hora antes de amanecer, creyeron distinguir que alguien desamarraba la barca. Se levantaron en silencio y se aprestaron a saltar sobre su presa; pero en el mismo instante un terrible puntapié hizo irse a pique la góndola y a los desafortunados agentes del orden público austriaco. Uno de ellos se ahogó, el otro debe la vida únicamente al socorro que le ofrecieron unos contrabandistas. Al día siguiente por la mañana no había ni una huella de la barca y la policía pudo creer que estaba sumergida; pero por la noche se la vio amarrada en el mismo sitio y en el mismo estado que la víspera. Entonces un terror supersticioso se apoderó de todos los alguaciles y ni uno quiso repetir la tentativa de la víspera. Desde ese día no se intentó inquietar más a la máscara, que continuó sus paseos como en el pasado.

A principios del pasado otoño vino aquí de guarnición un oficial austriaco llamado el conde Franz Lichtenstein. Era un joven entusiasta y apasionado que poseía el germen de todos losgrandes sentimientos y como un instinto de nobles pensamientos. A pesar de su mala educación de gran señor, había sabido preservar su espíritu de todo prejuicio y guardar en su corazón un lugar para la libertad. Su posición le obligaba a disimular en público sus ideas y sus gustos; pero en cuanto acababa su servicio, se apresuraba a quitarse su uniforme, al que le parecían ligados de manera indisoluble todos los vicios del gobierno al que servía, y corría al lado de los nuevos amigos que por su bondad y su espíritu se había hecho en la ciudad. Nos gustaba sobre todo oírle hablar de Venecia. La había visto como un artista, había deplorado interiormente su servidumbre y había llegado a amarla tanto como un veneciano. No se cansaba de recorrerla noche y día, ni de admirarla. Decía que quería conocerla mejor que los que tenían la suerte de haber nacido allí. En sus paseos nocturnos encontró a la máscara. De entrada no le prestó gran atención; pero habiendo observado pronto que parecía estudiar la ciudad con la misma curiosidad y detenimiento que él mismo, se sorprendió por esa extraña coincidencia y habló de ello a muchas personas. En primer lugar le contaron las historias que corrían acerca de la mujer velada y le aconsejaron que tuviera cuidado. Pero como era valiente hasta la temeridad, esas advertencias, en lugar de espantarlo, excitaron su curiosidad y le inspiraron unas ganas locas de entablar conocimiento con el personaje misterioso que aterrorizaba tantísimo al vulgo. Queriendo guardar enfrente de la máscara el mismo incógnito que esta guardaba frente a él, se vistió de paisano y empezó sus paseos nocturnos. No tardó en encontrar lo que buscaba. Vio,en un hermoso claro de luna, a la mujer enmascarada en pie delante de la encantadora iglesia de Santi Giovanni e Paolo. Parecía contemplar con adoración los delicados ornamentos que decoran su portal. El conde se acercó a ella a paso lento y silencioso. Ella no pareció darse cuenta y no reaccionó. El conde, que se había detenido un instante para ver si era descubierto, reanudó su marcha y llegó muy cerca de ella. La oyó dar un profundo suspiro; y como sabía muy mal el veneciano, pero muy bien el italiano, le dirigió la palabra en un purísimo toscano.

—Salud —dijo—, salud y felicidad a los que aman Venecia.

—¿Quién sois? —respondió la máscara, con una voz plena y sonora como la de un hombre, pero dulce como la de un ruiseñor.

—Soy un amante de la belleza.

—¿Sois de esos cuyo amor brutal violenta la belleza libre, o de los que se arrodillan ante la belleza cautiva y lloran con sus lágrimas?

—Cuando el rey de las noches ve florecer la rosa alegremente bajo el aliento de la brisa, bate las alas y canta; cuando la ve marchitarse bajo el soplo ardiente de la tormenta, esconde su cabeza bajo su ala y gime. Así hace mi alma.